miércoles, 21 de septiembre de 2016

Aquellos maravillosos años

(Tomo el título prestado: “The Wonder Years”, Carol Black y Neal Marlens, ABC Chanel 1988 – 1993).
Ocho años hace de la desaparición de Lehman y del momento en que en términos periodísticos comienza esta crisis en la que seguimos. (Supongo que alguna vez, en el futuro, alguien explicará porqué fue rechazada la oferta que Barclays presentó para adquirir Lehman Brothers horas antes de su desaparición).
Luego llegaron aquellos rescates, aquellos salvamentos, los reproches contra aquellas entidades que habían engañado a inversores ignorantes y a sufridos consumidores; las maldiciones contra unas autoridades reguladoras que no supieron ver –o no miraron para otro lado, según algunos– la que se estaba liando; los insultos contra banqueros que salieron impolutos y con más ceros en sus cuentas tras la debacle. Se ha hablado de todo esto: prensa, libros, cine, foros y conferencias, seminarios, … pero la verdad es tozuda y molesta, y por eso se calla una parte de la historia.


Porque lo cierto es que si ‘el mundo fue bien’, si el planeta creció entre el 2001 y el 2007 como nunca lo había hecho en los últimos 2000 años, fue porque se hizo todo lo que se hizo, de la forma como se hizo y por las personas que lo hicieron. Es decir, la verdad, por terrible que suene es que aquellos maravillosos años existieron gracias a todos aquellos excesos, a todas aquellas salvajadas financieras, a todas aquellas aberraciones económicas. Si aquello no hubiese pasado a partir de la recesión del 2000 se hubiese entrado en una fase de encefalograma plano, aunque con una deuda total infinitamente menor que la que ahora el planeta tiene.
Fue maravilloso, fantástico poder tener, acceder a bienes y a propiedades antes sólo visibles en revistas y anuncios; fue fabuloso poder ir a lugares de ensueño antes tan sólo soñados en films imposibles; y lo fue porque sucedió todo aquello que luego se maldijo y que trajo lo que ahora estamos viviendo. Fue el canto de cisne de un modelo agotado, el castillo de fuegos de artificio que pone fin a las fiestas del pueblo. Pero ojo: renegar contra lo que ahora sucede significa renegar de todo lo que se tuvo, se disfrutó, se consumió y se creció entonces, porque lo uno sin lo otro hubiese sido imposible.
Se puede perseguir a banqueros y a reguladores, multar a bancos y a fondos de inversión, pero, entiendo, eso supone hacernos trampas al solitario, porque lo terrible es que esas personas que ahora se enjuicia y esos bancos a los que ahora se multa son los que, con la bendición silenciosa de reguladores y políticos, posibilitaron aquella maravilla. Es decir sin todos estos actores ahora malditos cuyos actos tantos problemas trajeron, aquel supercrecimiento hubiese sido imposible. Esa es la triste realidad y negarlo pienso que es pura hipocresía.
¿Por qué fue tolerado todo aquello? ¿Se quiso dar el último estrujón a un modelo ya agotado? ¿Se buscó crear una ilusión transitoria que se pagaría con sudor y con lágrimas durante décadas?
“No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos”.
(Gustavo Adolfo Bécquer. Rima LXXIII)
Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. IQS School of Management. Universidad Ramon Llull.

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