viernes, 22 de abril de 2016

El futuro que nos está alcanzando

Ya, me he inspirado en el título del que se usó en España para “Soylent Green” (Richard Fleischer, 1973). Lo malo es que ese futuro ya está aquí. Hace unos días recibí un mail de un lector:
“Tengo un amigo que ha trabajado en gestión en (nombre de un departamento) en (nombre de una muy gran multinacional) en (nombre de una ciudad europea), ahora está en una gran empresa de (nombre de una actividad económica) de director de (nombre de un área de gestión), tiene dos carreras, dos máster, experiencia en el extranjero, esta de jefe de unos mil empleados y gana unos 1400 /1500 netos y trabajando horas y horas. Es como si el trabajo en si no importase o cada vez este menos valorado y pagado. En la época de mi padre al menos un licenciado estaba mejor tratado y ganaba más que uno que no lo era”. 
Mi respuesta fue:


“Deduzco que su amigo ahora trabaja en España. Pienso que el error de su amigo, si lo hizo de forma voluntaria, fue regresar a España”.
Y la suya:
“Tuvo que regresar porque estaba allí con beca de un año. Realmente a él le gusta más España, pero este país solo vale para fiesta, el trabajo es escaso, mal pagado y con horarios irracionales que no sirven para nada porque no te hacen más productivo.
Lo más curioso es que hay una gran diferencia entre generaciones. Donde está trabajando (ahora) hay directores (de su nivel) de 40 o 50 años que ganan una pasta, pero los jóvenes de 30 hacen el mismo trabajo por una miseria en comparación, y sin posibilidad de mejorar. Por lo menos en la época de mi padre, ganabas poco al principio pero podías mejorar con el tiempo, ahora te quedas estancado.
Tengo otro amigo licenciado en derecho con un máster muy caro. Está ganando 1.600 euros y trabaja hasta los sábados”.
Mi respuesta:
“Esos señores que 50 años que ganan mucho más que su primer amigo pertenecen a una época que se ha ido para no volver. Lo que se va a imponer son las condiciones laborales de ese amigo por la sencilla razón de que, por un lado lo impondrá la tecnología, y por otro lo traerá un modo de trabajo focalizado hacia la autorresponsabilidad: ‘hay que hacer esto, tienes que hacerlo tu, y apáñate’; a eso añada la creciente externalización de casi todo y la oferta de trabajo por subasta a través de Internet: ‘hay que lograr / desarrollar / obtener … tal cosa; ofrezco X dólares. ¿Quién lo hace?’, por lo que van a quedar muy pocos trabajadores fijos y aún menos con remuneraciones elevadas a no ser que aporten una enormidad de valor o sean imprescindibles para aportar muchísimo valor añadido”.
Se puede decir cómo se quiera y de la forma que se quiera, pero lo cierto es que la demanda de trabajo es muy inferior a la oferta de trabajo y cada vez lo va a ser menos; y la verdad es que la tecnología cada vez sustituye más trabajo. Claro, claro: ‘El trabajo ha de generar cada vez más valor’. Seguro, seguro, pero, también ahí en el trabajo generador de muy alto valor, la oferta es muy superior a la demanda y también ahí la tecnología está reemplazando a más y más personas. Y obviamente, el subempleo crece, la subremuneración aumenta, las exigencias laborales se disparan. Y el paro estructural, aquellas personas desplazadas del mercado de trabajo de tal modo que ya no siquiera son oferta de trabajo porque han dejado de ser necesarias, se multiplican.
Se puede decir de muchas maneras, pero lo cierto es que un creciente número de horas de trabajo están dejando de ser necesarias, por lo que no van a ser remuneradas, por lo que el consumo va a caer, la recaudación fiscal a disminuir y los ingresos de la Seguridad Social a descender. Se puede negar y camuflar, pero lo único cierto es que en Occidente la población media se enfrenta a una caída espectacular en su estándar de vida, tanto por el lado personal –salarios, rentas, …– como público –modelo de protección social–.
En una gran mayoría de casos la ciudadanía ‘va a tener que espabilarse’, ‘va a tener que buscarse la vida’, con todo lo que ello comporta, tanto a nivel económico por la caída de poder adquisitivo que ello supone, como a nivel psicológico porque la mayoría de las personas han vivido y están acostumbradas a otra cosa, y el cambio, pienso, se va a producir en un lustro, como máximo en un decenio, no en un siglo.
Pienso que en esto es en lo que los políticos deberían emplear más de su tiempo y de esto es de lo que los votantes deberían preguntar más a los políticos.
Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. IQS School of Management. Universidad Ramon Llull.

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