miércoles, 24 de agosto de 2016

Los deudores cobran por recibir dinero prestado. Un absurdo.

Si ha habido algo relevante en los últimos años en el aspecto financiero, más allá de las sucesivas crisis económicas que hemos vivido, han sido las históricas políticas monetarias que se han implantado en los principales países del mundo para intentar impulsar unas economías envejecidas y con absoluta falta de dinamismo.
Los principales bancos centrales han llevado la expansión monetaria a niveles nunca antes vistos. La impresión de dinero, la masiva compra de activos soberanos y corporativos, la aplicación de medidas no convencionales, han inundado al mundo de liquidez con el propósito de incrementar la actividad. A duras penas se está consiguiendo. Es más, los desequilibrios que se están produciendo son tan importantes que se están sentando las bases para una nueva recesión que podría ser aún mayor que la anterior.


El economista Guillermo Barba señala al respecto: Estoy seguro que ha escuchado que las autoridades financieras y monetarias de todo el mundo están tratando de estimular sus economías, porque no han podido recuperarse de forma consistente desde la Gran Recesión de 2009.
Básicamente lo que hacen es aumentar el gasto del gobierno, deprimir las tasas de interés e inyectar liquidez a la economía –o sea, monetizan deuda-, bajo la creencia de que al haber más dinero y crédito circulando la gente va a comprar, los negocios a vender más y así se generará un círculo virtuoso de crecimiento e inflación.
Esto último lo desean con avidez explícita porque es una forma de aligerar la carga de la deuda, que se sigue acumulando exponencialmente a escala global. Este solo hecho –el proponerse mermar el poder adquisitivo del dinero- debería ser suficiente para generar la indignación generalizada.
Pero el “estímulo” no sirve y su supuesta recuperación es sólo un espejismo. Vivir de prestado tiene su límite, y éste, llega en el momento en el que aquellos que prestan deciden que es suficiente, que no vale la pena ni el riesgo seguir dando recursos a quien no puede pagar. Es imposible que la deuda crezca al infinito.
La situación actual es tan extrema que los rendimientos de los bonos ya ni siquiera son bajísimos o nulos, sino que ahora, hay incluso tasas negativas como en Europa y Japón. Dicho de otro modo, los deudores cobran por recibir dinero prestado. Un absurdo.
Tarde o temprano esta borrachera de crédito, deuda e impresión monetaria terminará, y el castillo de naipes que se ha construido se vendrá abajo. Otra gran recesión está garantizada.
¿Qué consecuencias traen entonces estas irresponsables políticas de los banqueros centrales?
Todo lo contrario a lo que nos venden: predisponen más desempleo, más crisis y deflación. ¿Por qué? Porque al haber de forma artificial más crédito y deuda –y además colocándose a las tasas más bajas de la historia-, se estimula el apalancamiento y el desarrollo de tecnologías más eficientes que requieren menos trabajadores.
Los vehículos autónomos –a los que nos hemos referido con insistencia en este espacio-, son un botón de muestra.
Estos nuevos autos y camiones robot serán armados también cada día con más tecnología automatizada de la que ya de por sí existe, que requiere menos y menos trabajo humano.
Ese es tan solo un ejemplo de lo que se reproduce en otras industrias: enormes distorsiones económicas producto de la depresión artificial de las tasas de interés, que deberían ser determinadas por la oferta y demanda de ahorro y no por política activa de los bancos centrales.
Aunque quisieran, no es igual deuda que ahorro, ni expansión de deuda que acumulación de capital. Por eso las burbujas siempre explotan. La que se vive en el mercado de bonos, no será la excepción.
Como le digo, esta estructura descendente de tipos de interés induce a las empresas a pedir prestado para mecanizarse y eliminar mano de obra.
O sea, los banqueros centrales y sus políticas monetarias –no la tecnología ni la automatización, hacia los que sí debemos avanzar con bases sólidas de acumulación de ahorro y capital-, son enemigos de los trabajadores manuales y de los ahorradores. Esto a quien perjudica es a los más desfavorecidos –la mayoría-, que necesita de empleos para vivir.
Lo peor es que ese desempleo luego es atribuido al sistema capitalista de “libre mercado”, lo que sirve de pretexto perfecto para expandir los controles del Estado sobre los ciudadanos.
En realidad, el intervencionismo de gobiernos y bancos centrales ES el problema económico, por lo que no puede contribuir a solucionar ninguno, como prometen los populistas de izquierda y derecha. Se trata de un engaño para hacerse del poder y nada más.
El círculo vicioso de desempleo, pobreza y autoritarismo que crea esa intervención es un motivo más que suficiente para repudiarlo.
La economía se rige bajo sus propias inmutables leyes y no obedece los caprichos de los políticos en el poder. Mientras no logremos sacudirnos su obsesión por controlarlo todo, seguiremos en esta carrera hacia el fondo.

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