jueves, 26 de mayo de 2016

Inversión vs Emoción, un mal dúo

A estas alturas, todo inversor debería saber ya que lo racional es vender cuando los activos están caros y comprar cuando están baratos. O que no conviene andar entrando y saliendo del mercado, sino adoptar una estrategia a largo plazo y mantenerla. Sin embargo, con cada nuevo movimiento del mercado, comprobamos que los inversores se dejan llevar por emociones tan básicas como la codicia o el pánico, normalmente con resultados desastrosos.
“Los seres humanos estamos diseñados para actuar”, explica Stephen Wendel, responsable de Ciencias del Comportamiento en Morningstar y uno de los ponentes que participaron en la edición de este año de la Morningstar Investment Conference. “Ante una situación de incertidumbre –una crisis, un cambio en nuestras vidas, el lanzamiento de un nuevo fondo…– tenemos miedo a no hacer nada, cuando en realidad esa suele ser la mejor opción”. De hecho, son numerosos los estudios que demuestran que los inversores que más rotan sus carteras son los que peor se comportan en términos relativos a largo plazo.


A esto se añade que la mayoría de los inversores, tanto profesionales como minoristas, pecan de un exceso de confianza en sus capacidades –“es imposible estadísticamente que la mayoría consiga batir al mercado o lo haga mejor que la media de su grupo de comparables”, subraya Wendel– y que “los seres humanos nos movemos por impulsos básicos y rutinas de los que no siempre somos conscientes”.
Así pues, ¿qué pueden hacer los inversores para no actuar en contra de sus propios intereses? La clave, para el experto, está en “intentar eliminar el componente humano de la ecuación”. Lo que no equivale a fiarlo todo a soluciones completamente automatizadas como los roboadvisors, aclara, ya que es importante que las personas mantengamos nuestra capacidad de decisión.
Sin embargo, su primer consejo sí que tiene que ver con automatizar ciertas decisiones como, por ejemplo, programar una aportación mensual a nuestro plan de pensiones o, en el caso de los asesores, plantear algunas opciones por defecto, ya que está demostrado que a la mayoría nos resulta más fácil aceptar un plan prediseñado que escoger o rechazar activamente diferentes opciones.
El segundo consejo es tomar medidas para impedir o, al menos, dificultar, que hagamos algo de los que nos acabaremos arrepintiendo. Aquí Wendel hace referencia a cuestiones como contar con cláusulas contractuales que prohíban o penalicen ciertas prácticas o que exijan que una orden sea reconfirmada al cabo de varias horas (o días) antes de ser ejecutada, por ejemplo.
Su tercer consejo está muy relacionado con la sobrecarga de información a la que nos enfrentamos diariamente. “Si las noticias o los gurús nos hablan constantemente de la crisis o de las oportunidades que ofrece tal o cual sector, acabaremos dejándonos llevar por las emociones. Es más fácil evitar la tentación que resistirse”, por lo que recomienda limitar la información a la que nos exponemos, sobre todo la más sensacionalista.
En cuarto lugar, aconseja hacer públicos nuestros planes, ya sea nuestros objetivos de inversión o la estrategia del fondo, con el fin de hacernos responsables de nuestras decisiones ante los ojos de los demás y que la presión social nos ayude a no actuar de forma irracional.
En quinto lugar, Wendel recomienda aprender sobre psicología básica y sobre los sesgos que rigen nuestro comportamiento, con el fin de evitarlos. Por ejemplo, si de repente decidimos vender una posición o cambiar la estrategia de inversión, nos resultará fácil encontrar argumentos que respalden esta decisión (sesgo de confirmación). Por eso, su sexto consejo es centrarse en los argumentos contrarios.
Por último, subraya la importancia de cuidarnos adecuadamente –comer de forma saludable, dormir lo suficiente, mantenernos en forma– porque nuestro estado físico influye mucho más de lo que pensamos en nuestras decisiones de inversión.
Por eso concluye: “Somos humanos y nuestras decisiones responden a factores de los que no siempre somos conscientes. No podemos cambiar la naturaleza de las personas, pero sí podemos cambiar el entorno, mediante una estrategia inteligente y una cuidadosa planificación”.

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