martes, 23 de agosto de 2011

Dos Mails

Hace unos días recibí un mail de un lector:

“Hace poco más de una semana, sábado a las 12:30 aproximadamente, en (nombre de una calle) de Barcelona estaba esperando a que mi pareja saliera de comprar en una panadería muy conocida, y para pasar el rato empecé a mirar el escaparate de una tienda de al lado: (nombre de una tienda de lo que antes se denominaban electrodomésticos). Bueno, los precios que vi de los televisores eran de escándalo: 249EUR por una tele de 32” alta definición. Hace una año y medio pagué por una tele de una buena marca (nombre de una buena marca) 750EUR y con prestaciones algo inferiores. Pero aún vi más: otra tele superior hoy en día cuesta 299EUR, y si la quieres más grande, 40”, 349EUR. Lo más impactante fue mirar hacia el interior de la tienda y ver a cinco dependientes hablando entre ellos y ni un solo cliente interesándose por estos productos, ¡y a estos precios!”.
Mi respuesta: “Los precios de los bienes como los que Ud. se refiere han bajado debido a dos razones: la mayor eficiencia tecnológica que abarata componentes y procesos vía incremento de la productividad y abaratamiento salarial, y debido a la caída del consumo que lleva a la rebaja de los precios, pero no del margen, porque no lo dude: el margen medio neto unitario de esa marca continúa siendo positivo, muy positivo. Ya, se preguntará dónde está el límite: en el margen medio neto unitario y en el punto muerto”.

Al día siguiente recibí otro mail de otro lector:

“Resulta que mientras circulaba por la carretera que une Vic y Girona (bastante transitada en ciertas horas del día) tuve que parar porque se me había reventado un neumático. Vino la grúa a recogerme y trasladarme a un taller para poder repararlo, y en el trayecto, estuve hablando con el conductor de la grúa, sobre la crisis. Le pregunté si se notaba. “¿Si se nota? El trabajo nos ha bajado a menos de la mitad respecto a hace unos pocos años”. Me contó que ha perdido ya la cuenta de conductores a los que ha recogido después de una avería, que le han pedido que los lleve a su casa y no al taller porque no pueden pagar la reparación del coche. Que en su empresa tienen un almacén dónde depositan los coches averiados en fin de semana que deben esperar al lunes a que el mecánico pueda atenderlos. Que en dicho almacén disponen de 15 plazas para coches, y que “antes”, cuando los trabajadores llegaban los lunes por la mañana, a veces a duras penas podían abrir la puerta de lo lleno que estaba el almacén. En cambio ahora, el fin de semana que han tenido más coches, eran 3. Y que todo esto, sumado a la menor circulación de vehículos (por el desempleo y por la reducción de desplazamientos en actividades de ocio) ha disminuido lógicamente el número de coches que se averían, y por tanto su negocio. Dijo también que amigos suyos que regentan gasolineras (unas mejor y otras peor situadas), ven constantemente cómo gente reposta gasolina por valor de 1 ó 2 euros. Considerando el precio medio de la gasolina, el nivel de desesperación de esa gente debe ser monstruoso”.

Mi respuesta:

“Ya me habían hablado sobre lo que me comenta: el menor trabajo de talleres, y todo eso es un contrasentido. Habrá oído que cada vez más conductores sufren reventones en alguno de sus neumáticos, es debido al crecientemente degradado estado de los pavimentos: ¿no ha notado que cada vez el firme de carreteras y autopistas se halla más degradado?. El contrasentido: menos automóviles nuevos vendidos debería significar más mantenimientos, pero menos desplazamientos supone menos reparaciones; además, rentas menores lleva a menos disponibilidad para reparar y mantener; a la vez, menor recaudación fiscal implica menores fondos para mantener vías de comunicación. Descenderá la seguridad vial por peores mantenimientos de vehículos y carreteras, se venderán menos vehículos nuevos por la caída del crédito, y los talleres trabajarán menos porque su número está adaptado a una situación muy diferente. A partir de aquí saque consecuencias. Lo de las compras de combustible: me la contaron más gorda: furgonetas de reparto que compran cinco euros de combustible”.

Ambos mails pertenecen a la misma cara de la misma moneda, o a la misma cruz. Menos actividad, más desempleo y menos renta, y menor consumo; pero déficit estratosférico con compromiso de reducirlo a un imposible lo que lleva a menos gastos y a lo que se añade una menor recaudación por lo antes dicho. Y enmarcando eso una deuda total que no se puede pagar, 46 millones de habitantes, unas carencias históricas en servicios públicos, y un nivel de eficiencia de risa para afrontar lo que viene. Pero España, dicen, tiene la mejor liga de football del mundo. Verdad será.

(Se lo cuento como curiosidad: me lo ha remitido un amable lector. Sabemos que el precio que ha de pagarse por ‘la informática’ sigue una senda inexorablemente decreciente, al menos por la informática que utiliza la mayoría de la población, y es conocido que en ese mundillo lo que más ha caído es el precio de las unidades de memoria, pues bien, sepan que entre 1957 y el 2010, el coste en dólares por mega de memoria ha caído el 33.691.950.160%. Centrándonos más en la informática personal, en 1984 el coste de un mega de memoria del tipo IBM PC Board, 384K era de 1.331 dólares, mientras que en el 2010, el de un mega de memoria del tipo 2x 4GB DIMM DDR3-1333, ascendía a 0,0122 dólares. ¡Uauuuuuuu!, eso mismo, ¡Uauuuuuuu!. Con las lechugas, sin embargo, no ha sucedido lo mismo, no).



Las agencias de calificación: se continuará algún tiempo con este debate: sucede un poco como con el football: si se habla de esto no se habla de otras cosas. Siempre, pero mucho más hoy, pienso, lo auténticamente importante no es si a la deuda pública francesa le corresponde una calificación de 3aes o no, sino lo que digan las agencias: quienes todos han asumido que dicen la verdad a fin de que se pueda creer una cosa u otra a fin de poder hacer negocios según ‘esa’ verdad.

En 1630, en los Países Bajos, los bulbos de tulipanes obtuvieron ‘calificaciones’ de fábula, y gracias a ellas se realizaron negocios espectaculares y se obtuvieron beneficios monstruosos. El valor ‘real’ de los bulbos fue el que convino a fin de poder realizar aquellos negocios que posibilitaron tales beneficios: fueron las que convenían a quienes los realizaron y obtuvieron. El valor real era otro, claro, pero durante el boom no era el conveniente y a quienes estaban en el ajo les importaba una mierda. Luego, tras la debacle, todo el mundo se llevó las manos a la cabeza horrorizado por lo sucedido: antes, durante el boom todo fue maravilloso; ¿lo hubiese sido si se hubiera hecho caso a quienes decían que era absurdo que por un bulbo se diera a cambio una mansión con sus muebles y ajuares?.


Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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